24 de September del 2018

Cómo lograr una comunicación íntima y empática

Parece increíble que, a medida que proliferan los ingenios técnicos para mantenernos en comunicación con los otros, vayamos perdiendo la capacidad de mantener intercambios cálidos y fructíferos cara a cara, de esos que llenan los vacíos y nos hacen sentirnos realmente acompañados y lejos de la soledad.

 

Con frecuencia, las personas que me consultan manifiestan las dificultades que tienen para dar (en realidad, más a menudo recibir) apoyo y encontrar las palabras y el tono adecuado para interaccionar con sus hijos, sus cónyuges, los padres, los amigos… en momentos de conflicto, cuando hay que poner sobre la mesa algo que no nos parece bien o que nos ha molestado. Suena a tarea elemental pero parece ser una destreza que se nos ha atrofiado. Nos impone respeto o directamente miedo dedicar el tiempo y la atención precisos para afrontar los desacuerdos de manera constructiva y muchas veces optamos por el silencio o por la manifestación destemplada que no resuelve sino que solo daña.

 

Tampoco se nos da bien escuchar simplemente la zozobra de los seres que queremos y tendemos a querer zanjar con demasiada premura momentos de intimidad en los que el roce con el otro o sufrimiento del otro nos bloquea porque pensamos que tenemos que ofrecer soluciones cuando realmente lo que esa persona espera es, en principio, sentirse comprendido y aceptado en su malestar.

 

¿Qué hacer para encontrar en esos casos la actitud adecuada, el gesto empático, el comentario no hiriente ni simplificador? Para no hacer daño enumerando lo que nos parece mal hay que pensar mucho cómo decirlo y hasta dónde llegar. De otra manera el intento noble de querer encauzar la relación puedo acabar en un desencuentro o en una separación. Por otra parte, cuando pretendamos consolar debemos entregar todo nuestro afecto para que las palabras sirvan como un abrazo que demuestre que estamos con el otro, que deseamos su felicidad y que siempre nos tendrá a su lado.

 

La atención plena al que está enfrente resulta esencial. La pareja, el hermano, la amiga o amigo, los hijos tienen que comprobar que para nosotros son importantes, deben sentir que estamos disponibles y que no ponemos excusas para verlos y charlar, sin interrupciones de móviles, ni limitaciones temporales evitables, mostrando que somos capaces de escucharlos y que les aconsejaremos si ellos lo necesitan y, especialmente, que lo haremos con respeto, sin frases del estilo “ya te lo dije”, tratándolos con el respeto que desearíamos para nosotros mismos. En estos casos, como en tantos otros, hay que implicarse y comprometerse emocionalmente, sin hacer demandas, pues el objetivo es ayudar a vivir, a encontrarse a uno mismo, a estar bien.

 

             Y qué decir de los gestos, de los terapéuticos abrazos, las afianzadoras manos abiertas y, en particular, de las sonrisas, cuyo valor sanador apenas comienza a vislumbrarse. Diferentes estudios han llegado a individualizar hasta 19 tipos de sonrisa (la de alegría genuina, la falsa, la miedosa, la despreciativa, la maliciosa...) y no todas son expresión de felicidad o buena sintonía y comprensión hacia el otro. La consoladora y generosa, elaborada expresión de acercamiento al semejante, implica el deseo de reconfortar, de aportar una queja en positivo o de paliar una tristeza y es fundamental para mantener relaciones de amistar o de familia.

 

En definitiva, decir suavemente lo que molesta, intentar dar esperanza o proponer algún cambio no es fácil, pero sí un requisito necesario para mantener la confianza y no caer en la tentación de recriminar o pasar por alto males ajenos sin intentar ofrecer algún consuelo, ya que la crítica molesta pero la indiferencia también duele. Lo importante es no ser ofensivo ni tampoco hipócrita. Aconsejar, quitar importancia a un malentendido es abrir ventanas a la serenidad y al replanteamiento de algo que puede estar escociendo demasiado por lo que hay que ayudar a cerrar la herida.

 

             Estas premisas no resultan un logro espontáneo sino un trabajo a veces complejo, incluso inabarcable si no se tiene una adecuada perspectiva externa. Por ello puede ser muy útil recurrir a la ayuda profesional, preferiblemente de un asesor con adecuada formación en el ámbito de las emociones y de la comunicación interpersonal. Sus observaciones acerca de nuestro comportamiento verbal y no verbal nos ayudarán a:

 

  • escuchar con tranquilidad y demostrar nuestra implicación;

  • mostrar auténtico interés y atención plena a lo que se dice con las palabras y los gestos;

  • mirar de frente y con gesto afectivo,

  • concretar nuestras aportaciones mediante un tono suave -no crítico o acusador- y claro, y

  • ser positivos en las respuestas, aceptando los planteamientos del otro sin recriminaciones.

 

Ana Isabel Sanz. Psiquiatra y psicoterapeuta